William Shakespeare, Julio César, 1599, acto III, escena II (ejemplo que ilustra nociones de semántica y pragmática en el discurso retórico).
Bruto ha estado al frente de los conspiradores que acaban de asesinar a Julio César. En la segunda escena del acto III de la obra de Shakespeare, el conspirador se presenta frente al pueblo romano y explica que el objetivo del magnicidio ha sido proteger a Roma de la ambición desmedida de César.
Bruto afirma que ha hecho lo ha hecho: "no porque amase menos a César, sino porque amaba más a Roma". Luego agrega que la vida de César sería sinónimo de esclavitud para los romanos y que la muerte de César permite, en cambio, que todos puedan vivir en libertad. Bruto, a quien César ha protegido y querido muy especialmente, explica los sentimientos que confluyen en su alma: "Como César me quiso, yo le lloro; como fue afortunado, yo me alegro; como era valeroso, le honro; pero como era ambicioso, le maté. Haya lágrimas por su afecto, alegría por su fortuna, honra por su valor y muerte por su ambición". Bruto cierra su discurso declarando que está dispuesto a morir si la patria así lo decide. Entonces llega Antonio con el cadáver de César. Bruto se retira, pero antes de hacerlo invita al pueblo a oír el elogio fúnebre que Antonio se dispone a pronunciar.
A continuación, se presentan fragmentos del discurso de Antonio, que constituye un ejemplo magistral de retórica y de uso pragmático del lenguaje:
William Shakespeare, Julio César
ANTONIO
¡Amigos, romanos, compatriotas! ¡Escuchadme!
Vengo a enterrar a César, no a elogiarlo. (80)
El mal que hacen los hombres vive tras su muerte;
el bien solemos sepultarlo con sus restos.
Así sea con César. El honorable Bruto
os ha dicho que César fue ambicioso.
Si lo fue, tenía un defecto grave (85)
y lo ha pagado gravemente.
Con la venia de Bruto y los demás
(pues Bruto es un hombre de honor,
como todos ellos, todos hombres de honor),
vengo a hablar en las exequias de César. (90)
Era mi amigo, un amigo fiel y leal.
Pero Bruto dice que César fue ambicioso,
y Bruto es un hombre de honor.
César trajo a Roma multitud de prisioneros
y las arcas del tesoro se llenaban de rescates. (95)
¿Parecía ambicioso por hacerlo?
Cuando los pobres gemían, César lloraba;
más duro sería el metal de la ambición.
Pero Bruto dice que César fue ambicioso,
y Bruto es un hombre de honor. (100)
Todos visteis que en las Lupercales
tres veces le ofrecí una corona y que él
la rehusó las tres veces. ¿Era esta su ambición?
Pero Bruto dice que César fue ambicioso,
y, claro, Bruto es un hombre de honor. (105)
No pretendo rebatir lo que ha dicho Bruto,
pero sí estoy aquí para decir lo que sé.
Antes todos le queríais, no sin motivo.
¿Qué motivo impide ahora vuestro llanto?
¡Ah, cordura! Te has refugiado en las bestias (110)
y los hombres han perdido la razón. Perdonad.
Mi corazón está en el féretro con César,
y debo detenerme hasta que vuelva a mí.
[Al oír los argumentos de Antonio, los ciudadanos empiezan a dudar de que César haya sido realmente ambicioso y a pensar que la muerte del líder tal vez no haya sido realmente necesaria. Es el momento que Antonio elige para mostrar el testamento de César. Pero anuncia que no lo leerá, porque allí está la prueba del amor del difunto por Roma y por los romanos. Antonio afirma que si el pueblo se enterara del contenido del testamento, "ardería de rabia" y agrega que su intención es, por otra parte, evitar que "los hombres de honor /que han acuchillado a César" se ofendan. El pueblo empieza entonces a llamar "traidores" a los conspiradores y Antonio los interrumpe para dar detalles concretos sobre el magnicidio:]
ANTONIO
Si sabéis llorar, hacedlo ahora.
Todos conocéis este manto. Recuerdo (175)
la primera vez que César lo llevó.
Fue una noche de verano, en su tienda,
el día en que venció a la tribu nervia.
¡Mirad! Por aquí se hundió el puñal de Casio;
ved el desgarrón del rencoroso Casca; (180)
aquí le apuñaló su muy amado Bruto,
y, cuando le arrancó su acero miserable,
ved cómo le siguió la sangre de César,
como corriendo hacia la puerta para ver
si era Bruto quien llamaba tan cruelmente. (185)
Pues Bruto era, ya sabéis, su predilecto.
¡Juzgad, oh dioses, si no le quiso César!
Esta fue la herida más atroz,
pues cuando el noble César vio que le atacaba,
la ingratitud, más fuerte que los brazos (190)
traicioneros, le remató. Entonces estalló
su inmenso corazón y, embozado en su manto,
al pie de la estatua de Pompeyo
(que chorreaba sangre), el gran César cayó.
¡Ay, qué caída, compatriotas! (195)
Allí yo, y vosotros, y todos caímos,
mientras la vil traición crecía frente a todos.
Ahora lloráis, y veo que os ha hecho
mella la piedad; son lágrimas que os honran.
Nobles almas, ¿por qué estáis llorando de ver (200)
el manto rasgado de César? ¡Mirad, aquí está él!
¡Desgarrado, como veis, por traidores!
[Lo que Bruto anunció como un acto patriótico se perciba ahora como una traición. El pueblo romano comienza a manifestar sus deseos de sublevarse y castigar a los asesinos. El tercer parlamento largo de Antonio cierra su argumentación:]
ANTONIO
Amigos, queridos amigos: que no os mueva yo (215)
a tan súbita explosión de rebeldía.
Los autores de este hecho son hombres de honor.
Qué agravios personales los llevaron a esto,
yo no sé. Ellos son juiciosos, son hombres de honor,
y seguro que os darán buenas razones. (220)
Amigos, yo no vengo a ganarme vuestro ánimo.
No soy orador como Bruto,
sino, como sabéis, un hombre claro y franco
que quiere a su amigo. Lo saben muy bien
los que me dieron permiso para hablar de él aquí. (225)
Pues no tengo ingenio, prestancia, ni soltura,
ni gestos, ni dicción, ni el don de la palabra
para excitar las pasiones. Yo hablo sin floreos;
os digo lo que sabéis; os muestro las heridas
de César (pobres, pobres bocas mudas) (230)
y les pido que hablen por mí. Mas fuera yo Bruto,
y Bruto, Antonio, ese Antonio
inflamaría vuestra cólera y pondría
una lengua en cada herida que moviera
a las piedras de Roma al tumulto y al motín. (235)
Análisis
Analice el texto que acaba de leer a partir de las nociones estudiadas en el capítulo 1.6