Interletral, L'apprentissage interactif de la linguistique et de la littérature
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1.7. De la retórica clásica a la lingüística textual

Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas, 1865, capítulo XII (ejemplo que ilustra conceptos de retórica clásica y lingüística textual).

El Rey y la Reina de Corazones han organizado un juicio para saber quién es el culpable del robo de unos pasteles hechos por la Reina un día de verano.

El Rey acusa a la Sota de Corazones y convoca a declarar a quienes considera que pueden darle información sobre le caso. El Conejo Blanco actúa como secretario. El jurado está compuesto por doce animales que toman nota de las declaraciones de los testigos. Alicia presencia el juicio y encuentra poco convincentes los interrogatorios y los razonanamientos del Rey. Cuando parece que ya se ha reunido toda la información necesaria para dilucidar el misterio, el Conejo Blanco anuncia que acaba de aparecer un nuevo elemento. Se trata de un texto que el Conejo acaba de recoger del suelo. Aunque se habla de una "carta" (el Rey supone que la ha escrito la Sota de Corazones), es difícil identificar tanto al enunciador como al enunciatario de ese texto. Por otra parte la letra no corresponde a la de la Sota de Corazones y el formato del texto no corresponde a una carta sino a un poema.

Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas


- Todavía hay más pruebas, Majestad - dijo el Conejo Blanco, saltando con vehemencia. - Acaba de ser recogido del suelo este papel.

- ¿ Qué dice? - preguntó la Reina.

- No ha sido abierto todavía - respondió el Conejo Blanco; - mas parece una carta dirigida por el inculpado a... yo creo que a alguna persona.

- Así debe ser - observó el Rey, - a menos que no esté dirigida a nadie, cosa fuera de lo normal, ¿comprendes?

- ¿A quién va escrito el sobre? - se le ocurrió preguntar a uno de los jurados.

- No trae dirección - dijo el Conejo Blanco. - El sobre viene en blanco. - Y desdoblando el papel, dijo: - No se trata de una carta. Es una retahíla de versos.

- ¿Son de puño y letra del prisionero? - preguntó otro jurado.

- No - dijo el Conejo Blanco, - y eso es lo más raro del caso.

Los jurados estaban perplejos.

- Es que habrá desfigurado su letra- observó el Rey.

Todo el jurado se reanimó a estas palabras.

- Por favor, Majestad, que yo no he escrito eso; ni hay quien pueda probarlo: el escrito no trae firma alguna.

- El no haberlo firmado agrava la culpa- aseveró el Rey. - Debes querer decir que te distrajiste, pues de lo contrario tenías que firmar como hombre honrado.

Hubo aplausos unánimes. Era lo primero en verdad interesante que se le había ocurrido a Su Majestad durante la sesión.

- Eso demuestra que es culpable- afirmó la Reina.

- iEso no prueba nada! - protestó Alicia. - ¡Cómo puede afirmarse eso, cuando ni siquiera se han leído las estrofas!

- Que se lean - ordenó el Rey.

El Conejo Blanco se caló los lentes.

- ¿Quiere decirme Su Majestad por dónde desea que comience?

- Comienza al principio, y no pares hasta el final.

He aquí los versos que leyó el Conejo Blanco:

Me han dicho que fuiste con ella,
y que de mí te llegó a hablar,
y aunque a mi humor no le hace mella,
dijo que yo no sé nadar.

Él escribió que yo no fui
(todos sabemos que es verdad).
¿Di, qué sería, pues, de ti,
si ella inquiere la realidad?

Dile uno a ella, y a él le dan dos,
y tú nos das lo menos tres.
Mas eran míos todos los
que te devuelven, como ves.

Si ella o yo nos vemos un día
entre madejas de procesos,
juro que les defendería
para que no seamos presos.

Hoy mi opinión es que tú fuiste
(antes de que ella se enojara)
el obstáculo que surgiste
entre ellos, yo y la verdad clara.

No se entere (él) que (ella) quiso más
a los otros. Quede esto aquí,
sin que lo sepan los demás,
para ti sólo y para mí.

- Ésta es la prueba más importante que poseemos- dijo el Rey frotándose las manos.

- Ahora, pues, que dicten sentencia los jurados...

- Si alguno se siente capaz de explicar esa prueba tan evidente- dijo Alicia, sin miedo ya de interrumpirle, por lo mucho que había crecido en un momento, - yo le doy dos reales. No hay en todo eso ni una palabra que tenga sentido.

Todos los jurados se apresuraron a escribir en sus pizarras estas palabras: "No hay en todo ello ni una palabra que tenga sentido"; pero se guardaron muy bien de intentar poner en claro lo que decía aquel papel.

- Si no tiene ningún sentido - observó el Rey, - tanto mejor, pues nos ahorra una barbaridad de preocupaciones que nos daría el tener que interpretarlo. Sin embargo, no sé - agregó desarrugando el papel de los versos en la rodilla, y mirándolos con un ojo cerrado, - creo adivinar algún sentido en ellos... Dijo que yo no sé nadar - repitió leyendo; y volviéndose al punto a la Sota, hízole esta pregunta:

- ¿De veras no sabes nadar?

La Sota movió la cabeza tristemente y dijo:

- ¿Tengo yo aspecto de nadador?

La verdad es que no lo tenía, puesto que se trataba de un naipe de cartón.

- Hasta aquí muy bien- dijo el Rey; y siguió murmurando entre dientes los versos en esta forma:

- Todos sabemos que es verdad. Esto lo dice el jurado, por supuesto. Dile uno a ella, y a él le dan dos. ¡Ya!, eso es lo que debió hacer con los bollos, ¿comprendéis?

- Pero es que luego dice:- observó Alicia - Mas eran míos todos los que te devuelven, como ves.

- ¡Claro, como que están todos ahí! - exclamó el Rey victorioso, señalando a los pasteles que estaban en la mesa. - ¿Queréis nada más claro? Luego dijo: Antes de que ella se enojara. - y volviéndose a la Reina le preguntó: - Tú nunca te enojaste, ¿no es eso, querida?

- ¡Nunca! - dijo la Reina con furia, arrojando un tintero a la Lagartija al pronunciar estas palabras. (El desdichado Guillermín se había desengañado de que escribir con la yema del dedo no conducía a nada, y había desistido de ello; pero ahora se puso inmediatamente a escribir mojando el dedo en la tinta que le goteaba por la cara. )

- Resulta, pues - dijo el Rey sonriente y paseando la mirada por la sala, - que estas palabras del verso no tienen relación contigo, y nada prueban.

Hubo un silencio mortal.

- Se trata de un chiste, de un juego de palabras- añadió el Rey lleno de enojo. Y todo el mundo soltó la carcajada.

Y por vigésima vez, al menos aquel día, el Rey ordenó:

- Ahora pronuncie el jurado su veredicto.

- ¡No, no! - clamó la Reina. - Lo primero son las sentencias; el veredicto luego.

Análisis

Analice el texto que acaba de leer a partir de las nociones estudiadas en el capítulo 1.7

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